Henry Coppet y el prisionero de Áltiplan

Henry-Coppet

por Pat K. Rowling

Capítulo I

Henry estaba aburrido. Desde que terminara el ciclo escolar en PRIwarts, había estado encerrado en el lujoso penthouse en el que su tío Arthur Monty solía confinarlo durante las vacaciones. Sus tíos Arthur y Maude no estaba en buenos términos y se avecinaba una tormenta conyugal. Henry llevaba media hora en el baño, tratando de aplacar su rebelde copete con generosas dosis de gel mágico cuando, sobre la caja del retrete, apareció un lujosísimo bolso Dolce Gabbana, que vibraba al ritmo de un ruidoso reguetón. Henry lo abrió y la estruendosa melodía calló. Del fondo del bolso emergió la inconfundible voz de su compañera y amiga Gaviotaioni Rivers.

– Henry, no vas a creer dónde estoy. O sea… ¡Estoy con la familia real!

– ¿Qué? ¿Cómo que con la familia real? ¿Dónde?– preguntó Henry, francamente confundido, lo cuál no era de extrañar, ya que la mayor parte del tiempo se encontraba francamente confundido.

– En el Palacio de Buckingham, tontín– respondió Gaviotaioni, juguetona. – Métete al bolso y acompáñame, o sea…

Henry metió una mano en el opulento bolso y, como era más grande por dentro que por fuera –el bolso, no él– cupo perfectamente. No había pasado ni medio minuto cuando la mano de Gaviotaioni lo extrajo del oscuro interior, depositándolo en medio del enorme salón. Como todos los integrantes de la familia real y de la corte pasaban de los noventa años, nadie encontró extraño que apareciera de la nada.

– ¡Miren, todos! Les presento a mi compañero, Henry Coppet.

– ¿El famoso Henry Coppet? ¿El mago de las transformaciones estructurales?– dijo animadamente el esposo de la reina, antes de quedarse dormido en un rincón del salón.

– Eeeeeeeeeh… Creo que sí –respondió tímidamente Henry.– Todos se rieron del él.

La velada con la familia real fue encantadora y Gaviotaioni se sintió a sus anchas entre la realeza. Henry también disfrutó de la pompa y el boato y, aunque casi no entendía nada de lo que platicaban, a todo decía que muy animadamente que sí. Al término de la visita, Gaviotaioni le hizo saber que para el día siguiente había arreglado una visita al presidente de Francia y que luego se irían de shopping a Milán.

Luego de su gira por el continente europeo con Gaviotaioni, Henry regresó a su penthouse, de nuevo por la vía del bolso. Sobre la mesa encontró una tarjeta, en la que su tía Maude –una francesa estirada que se había casado con su tío Arthur por puritito mugroso interés– le informaba sobre la visita de la periodista Carmina Aristegüí y le pedía que se comportara. Henry entrecerró los ojos y emitió un gruñido, al recordar las múltiples razones por las que no le agradaba esa entrometida comunicadora. El timbre de la calle le distrajo de sus malévolos pensamientos. Se asomó por el balcón y vio a la periodista ingresar al edificio, acompañada de su tía. Henry se dispuso a bajar.

Las encontró sentadas en la sala, conversando animadamente sobre las supuestas arbitrariedades de su tío. Al verlo salir del elevador, Carmina le dirigió una socarrona mirada y le preguntó a bocajarro:

– ¿Cómo van esos conflictos de interés, Henry? ¿No has metido la pata últimamente?

Nuestro héroe, indignado, le apuntó con su varita mágica y recitó las palabras que había ensayado y repetido penosamente durante meses, para que a la hora de la hora no se le olvidaran. Era la temible fórmula del hechizo conocido como “silencius mediáticus”, aplicado desde tiempos inmemoriales por sus ancestros.

–¡Censúricus radialis!– gritó Henry, lleno de ira e indignación.

Fue tal la fuerza del hechizo que no sólo alcanzó para silenciar a Carmina. Su tía Maude, espantada por lo que vio, optó por dejar en paz a su tío Arthur y regresó a Francia con lo que traía puesto. Tal fue la felicidad de Arthur Monty, que no encontraba cómo agradecerle a su sobrino, hasta que finalmente lo hizo: le donó unos terrenitos que tenía en el bosque encantado de Valle de Bravo y unos relojes de oro que a Henry le encantaron.

Capítulo II

Por fin habían terminado las vacaciones y Henry estaba preparado para regresar a PRIwarts. Tenía listas sus maletas y en su jaula estaba Verdig, su querido tucán mágico. Su tío Arthur lo acompañó hasta la limusina, que a su vez lo dejó en la estación del tren rápido fantasma. En el tren rápido fantasma –que nunca fue construido pero que de todos modos enriqueció a varios contratistas y políticos– observó que la mayoría de los viajeros leían con atención su ejemplar del Daily Proxenet, el diario más importante del mundo mágico y maravilloso. El escueto encabezado decía “Escapó del Penal de Áltiplan”, pero el efecto que provocaba en los lectores el personaje regordete y pelón, que movía la cabeza y enseñaba los dientes en la fotografía de portada, era evidente.

– ¿Quién escapó, perdón?– preguntó Henry a una hechicera entrada en años.

– ¿Cómo que quién escapó, muchachito? ¡Gúzman Chap! El enemigo número uno del mundo mágico.

Un hombre de mediana edad, vestido completamente de gris al estilo de los burócratas del ministerio de finanzas mágicas, intervino en la conversación.

–¡Gúzman Chap es el primer delincuente que logra escapar de Áltiplan!– comentó indignado. –Por medio de alguna poderosa magia, sus secuaces lograron construir un larguísimo túnel por el que escapó, sin que nadie se diera cuenta.

– ¡Poderosa magia, mis polainas! –gritó desde su asiento un mago en plenitud. –¡Esta es la poderosa magia que usaron! –exclamó mientras agitaba con la mano un par de billetes mágicos.

El tren rápido fantasma dejó a Harry en la Terminal del metro. Bajó cargando sus cosas hasta la línea 12 ¾ , en donde tomaría el tren dorado que lo conduciría hasta PRIwarts, su extrañada escuela de hechicería.

– ¡Henry, Henry!–, gritó alguien entre la multitud.

Henry distinguió a su mejor amigo, Chong Güeysli, que corría hacia él a toda velocidad. Abordaron juntos el tren y recorrieron algunos vagones en busca de lugares para sentarse. Además de saludar a muchos de sus compañeros, pudieron observar a algunos de sus maestros: Beltron Fabius, de aplicación de las artes oscuras, la maestra Rosary Rublos –que sustituyó a la profesora Elba MacGónadas, cuando ésta fue encarcelada por sus vínculos con el Señorcito oscuro del sexenio pasado–, el simpático gordito Duart Xavier, de la clase de transformaciones, y Aurelius Nuño, profesor de control de daños. Cerca de donde Henry y Chong se sentaron estaba Louis Garapiñay, un geniecito que, a pesar ser tan sólo un par de años más grande que ellos, estaba a cargo del seminario de finanzas mágicas y contabilidad creativa. A Henry ya no le sorprendió que de lo único que se hablara en el tren, hasta su llegada a PRIwarts, fuera de la fuga de Gúzman Chap.

Capítulo III

A pesar de la austeridad en que se había sumido al mundo mágico, debido a la baja en el precio de las exportaciones de melcocha de dinosaurio –el combustible más utilizado por los magos y hechiceros de todo el planeta– la cena de bienvenida e inicio de cursos en PRIwarts fue memorable. No se escatimó en alimentos y bebidas y la cantidad de postres y pasteles que se apilaban en las mesas era impresionante. Por cierto que Henry provocó la risa de todos los presentes cuando, tratando de comer de un bocado una rebanada entera de pastel, ésta terminó en el suelo sin haber tocado siquiera su boca.

–¡Erej un bruto! Ni ejo puedej hajer bien… –le gritó maliciosamente el moreno Andy Malpej, su archienemigo.

– No le hagas caso, Henry–, lo consoló Gaviotaioni, que le sirvió otra rebanada del delicioso pastel y lo ayudó a comerla sin incidentes.

– Sí, no lo peles– añadió Chong. – Es un mal perdedor. Tiene envidia porque recortaron el presupuesto para la casa de Shitletrin y a PRIfindor nos lo volvieron a aumentar.

El profesor Charles Transador, pequeño pero legendario alquimista que desde hacía décadas dirigía PRIwarts, se subió al atril para que los alumnos pudieran verlo mientras les dirigía unas palabras.

–Bienvenidos a PRIwarts, compatriotas. A causa de la fuga del delincuente Gúzman Chap, hemos decidido que la escuela sea resguardada por los temibles guardianes del Penal de Áltiplan: los Dementiras.

Un clamor que expresaba asombro y temor se alzó entre la multitud de estudiantes y maestros. Los Dementiras tenían fama de rudos y despiadados, sospechosos de un par de recientes masacres de proles –los proles eran los habitantes del mundo no mágico– y por eso eran temidos por todos.

El primer día de clases fue muy divertido. El profesor Duart Xavier, de transformaciones –que no daba una– convirtió a la mitad de sus compañeros en pingüinos; el profesor Garapiñay jamás logró estabilizar a la moneda mágica, que salió volando por la ventana y se desplomó en algún lugar del jardín, y al entrenador del equipo de PRIditch, Miky “sincuello” Herrer, casi le da un infarto por andar haciendo corajes durante un entrenamiento. Para salvarle el pellejo, el gigantesco y obeso Carstengrid lo tuvo que cargar y llevar corriendo a la enfermería. Por la noche, cuando todos estaban a punto de acostarse a dormir, entró volando por la ventana Verdig, el tucán de Henry.

– Verguid, digo, Verdig. ¿Qué te trae por acá tan tarde?– preguntó Henry a la simpática ave, que colocó en su mano un papel enrollado. Era un mapa de una red de túneles que pasaban por debajo de PRIwarts. En el mapa estaba escrito un extraño mensaje:

“Henry, necesito que sigas el camino que te indica este mapa y me alcances en los túneles. Tengo algo importante qué decirte.

Atte. G. CH.

  1. El Tucán te dará otros papeles que te harán invisible. Entrégaselos a los Dementiras para que te dejen salir del castillo.”

 ¿Quién sería G.CH?, se preguntaba Henry. ¿Acaso sería Galilea Chipendale, la chica de sus sueños, que lo citaba en lo oscurito para declararle su amor? Sin hacer ruido y siguiendo el mapa, Henry bajó hasta el sótano y buscó la entrada del túnel, que, de acuerdo al mapa, estaba en la regadera de una mazmorra. En el camino se encontró con dos enormes y mal encarados Dementiras, quienes después de todo no eran tan temibles. En cuanto les entregó los papeles que le había dado Verdig –ocho fajotes de billetes verdes– los Dementiras le besaron la mano y, llamándolo salameramente “señor Henry”, lo escoltaron hasta la boca del túnel.

Henry descendió en vertical unos doce metros. Al llegar al fondo, notó que unos brillantes ojos lo miraban en la oscuridad.

– ¡Hola, Henry!

– Hola Galilea– respondió Henry con voz suave y parando la trompita.

– ¿Quién chingados es Galilea? ¡Soy Gúzman Chap, tu padrino!

–¿ Mi qué?– gritó Henry. –¿Cómo que mi padrino? Pero, si es usted un criminal.

Gúzman Chap retuvo la contestación que tenía lista para Henry, distraído por unos brillantes y vivarachos ojillos que brincaban por todos lados a su alrededor.

– ¿Trajiste a alguien contigo, Henry?–, preguntó el maleante.

– ¡No que yo sepa!– respondió Henry. –¿Quién anda ahí?

– ¡Soy yo, amo Henry! –respondió una vocecilla aguda hasta la ridiculez­. –Lo seguí para cuidarle las espaldas, como siempre.

– ¿Virgilio? ¡Uf! Qué susto nos diste.

Virgilio era un pequeño y gracioso elfo domesticado, propiedad de Henry, que había jurado protegerlo contra todo y contra todos. Nadie lo tomaba en serio, ni siquiera Henry, pero como era divertido, lo mantenía cerca y de vez en cuando le encomendaba alguna tarea. Una vez que todo quedó aclarado, Gúzman Chap respondió las preguntas que se agolpaban en el pequeño cerebro de Henry.

–Efectivamente, Henry, yo soy tu padrino. No sólo soy compadre de tu tío Arthur, sino que fui compadre de tus difuntos padres y, por la amistad y los negocios que nos unieron, les prometí que te ayudaría cuando estuvieras en dificultades. Y ahora, Henry, estás hasta el cuello de dificultades.

– ¿Dificultades?–, preguntó Henry como si no entendiera lo que Gúzman Chap le estaba explicando. Y bueno, probablemente no lo entendía.

– A ver, ¿cómo te lo podré explicar, sin herir susceptibilidades?

– ¿Susce… qué?– preguntó Henry, a quien la extraña palabreja le tomó por sorpresa.

– ¡Es que es usté muy bruto, ahijado! Y esa condición lo hace muy vulnerable a la mala voluntad de sus enemigos.

– ¡Andy Malpej y Lord Caldemort!–, exclamó Henry.

– No pronuncie el nombre del señorcito oscuro del sexenio pasado, m’hijo – dijo Chap a Henry, mirando de un lado al otro. –Mejor llámalo “aquel de quien a nadie le interesa hablar”. Pero no sólo ellos son tus enemigos, ahijado. Hay otros aún más peligrosos…

– ¡Virgilio acabar con enemigos de amo Henry! Gritó el diminuto elfo domesticado.

–Mejor vamos a un lugar más seguro y allá te explico con calmita–, dijo Gúzman Chap, al tiempo que sentaba a Henry en una motocicleta mágica, que se deslizaba por un riel a lo largo del túnel. Se perdieron en la oscuridad, seguidos a la carrera por Virgilio, que no dejó ni un instante de echar porras a su héroe, Henry Coppet.

Capítulo IV

En una inmensa Casa Blanca, ubicada en la zona más exclusiva de Chapultepec Hills, Gúzman Chap daba sabios consejos a su ahijado, Henry Coppet. A Virgilio, para que no diera lata, lo habían mandado a ver si ya había puesto la puerca y el pequeñín corría por toda la colonia buscando a la porcina criatura.

–Tus verdaderos enemigos son tus mejores amigos, ahijao–, le dijo a Henry su padrino, tomándolo del brazo y conduciéndolo a una enorme sala que estaba completamente vacía.

– ¡Pero, si mis mejores amigos son Gaviotaioni y Chong!– respondió Henry, cada vez más confundido. No ayudaba en nada que su padrino a veces le hablara de tú y otras de usted.

– ¡Exacto! Esos dos nomás están contigo por interés. La vieja esa, nomás te quiere por tu lana, tu fama y porque eres muy bestia y ni cuenta te das de nada. Y el Chong ese, no tiene un pelo de Güeysli. ¡Lo que quiere es ser el elegido en el 2018!

– ¡Pero si el elegido soy yo!– replicó Henry, realmente hecho bolas.

– Pos sí ahijado, pero si no se pone abusado, le va a bajar hasta a la Gaviotaioni. Aunque, pensándolo bien, hasta un favor le haría. Mire, plebe –dijo Chap a Henry, mirándolo fijamente a los ojos –ponga atención a lo que le voy a enseñar, porque de esto depende su futuro de usté. ¿Estamos?

–Estamos–, respondió convencido Henry.

Durante tres días y tres noches, Gúzman Chap enseñó a Henry todo lo que tenía que saber acerca del poderoso hechizo conocido como “patronus de patronus”, que hacía de quien lo dominara, un auténtico jefe de jefes. Reforzada su autoestima por las habilidades recién adquiridas, Henry regresó a PRIwarts, en donde nadie se había percatado de su desaparición. Si acaso, la única que notó que algo había cambiado en Henry, fue la bella Gaviotaioni, que trataba de tomarlo por el brazo, como hacía antes, sin conseguirlo nunca más.

Lo que pasó con Chong Güeysli y el resto de los personajes, será materia de otro relato.

FINIS.