El Pescado Original – TV vs Neuronas

Hace poco me enteré de una noticia que no trascendió por obvias razones. El suicidio de los integrantes de una secta fundamentalista con sede en Miami. Muchos pensarán que esto no es nada nuevo, pero las características de esta secta, y la manera en que murieron sus adherentes son sin duda, únicas.

La secta, conocida como Los Adoradores del Control Remoto, tenía como propósito fundamental convencer a toda la humanidad de que el único y verdadero Dios es la televisión, y Don Francisco su profeta.

Su muerte fue espantosa: murieron al tratar de romper el récord -establecido por el club de fans de Don Francisco, en Santiago de Chile en 1998-, de la mayor cantidad de horas vistas de programas del popular conductor; sin comerciales, sin dormir y comiendo solamente los productos chatarra que patrocinan su programa sabatino.

Según el testimonio de una de las víctimas, que fuera encontrado todavía con vida, sí establecieron una nueva marca ( 825 mil emisiones, de 4 horas cada una) e ingirieron 17 toneladas de frituras, 25 mil botellas de acondicionador para pelo y 3 millones de pañales desechables.

La vida es un interminable reality show, en el que la inteligencia ha dejado de ser una alternativa viable. La inteligencia no es más una cualidad apreciada. Es más, como la inteligencia no es una mercancía, ya no tiene cabida en nuestro mundo moderno; no se puede producir masivamente a bajos costos, no se puede exportar globalmente, no es competitiva, y lo que es peor, en opinión de la gran mayoría, no divierte.

Poco a poco, a medida que la sociedad se ha ido haciendo más compleja, (tan compleja que todo se reduce a ver cómo hacerle para ganar más lana chingándose a todos en el proceso), el pensamiento ha ido cediendo su lugar al entretenimiento.

Los espacios dedicados al ocio, que alguna vez fueron utilizados por más de uno para la reflexión profunda y la disquisición filosófica, han sido invadidos por un bombardeo incesante de estímulos electrónicos que no dejan tiempo para nada, y que nos dejan agotados, incapacitados para llevar a cabo algo tan sencillo como la sinapsis neuronal.

Alguna vez, esos tiempos ociosos fueron llenados por la lectura, individual o colectiva, y esa actividad que respondía a la estructura, las necesidades, los gustos y las posibilidades tecnológicas de una sociedad tranquila y pacífica, que atesoró los libros (esos objetos cuadraditos llenos de hojas) como algo valioso, incluso imprescindible.

El medio de medios para transmitir el conocimiento de unas personas a otras, de una generación a otra. Pero esos tiempos ya se fueron. Hoy, la lectura es una herramienta innecesaria, un refinamiento intelectual prescindible, un modo de comunicación que ha perdido la batalla contra otros medios de emergentes; y los libros son piezas de museo, objetos ornamentales que atesoran los nostálgicos del pasado (mismos que dejarán de serlo nomás que les alcance para contratar Mega Cable, SKY o DirecTV).

Y aunque los intelectuales no quieran aceptarlo, y muchos no quieran verlo, los signos de esta derrota definitiva están a la vista.

Crónica de una batalla perdida

La que le rompió toditita la madre a la lectura y a los libros fue la tele. Ya la radio y el cine habían hecho lo suyo, pero la televisión acabó con el cuadro. Y no solo acabó con la lectura, acabó con la comunicación interpersonal, intrafamiliar, en fin, de todo tipo. Cito aquí una definición de mi diccionario, El Vulgarús:

TELEVISIÓN. Medio de comunicación que tiene como función principal el inhibir la comunicación.

Hace años, los únicos restaurantes en donde uno esperaría y aceptaría encontrar una televisión eran los changarros de comida barata, también conocidos como fondas.

Hoy es casi imposible encontrar un restaurante, por caro que sea, que no cuente con dos o más aparatos de televisión, siempre encendidos, a veces incluso sin volumen, que acaparan la atención familiar y anulan toda interacción humana y que hacen que, al final, dé lo mismo si uno se come un buen bife de chorizo en un fino restaurante argentino o unas garnachas afuera de una miscelánea.

Lo importante es no haberse perdido del clásico pasesito a la red, el video de Lady Gaga o la película del cinco. La televisión ha ido ganando terreno en nuestras vidas, en nuestras casas y en nuestros centros de reunión.

Hace años, a un amigo quebequense que se encontraba de visita en el DF casi le da el patatús cuando se subió a un microbús y el chof, además de manejar y cobrar, veía su programa favorito en una mini tele que tenía al lado del volante. Hoy, las nuevas SUVs (Camionetas familiares) ya están equipadas con pantalla y reproductor de DVD.

Nunca, ningún libro, ni la Biblia, tuvo tal capacidad de penetración. Ni la tendrá.

Según las más reciente encuesta del Panamerican Panoramic Intercultural and Plurilingual Demoscopic Research Center for Latin American and Global Affairs, sección México, tan solo el 1.33% de las y los mexicanos ha leído alguna vez un libro.

El 1% aseguró haber leído el libro completo y el .33 dijo haber leído solo la tercera parte. El resto, los que han leído más de un libro, están comprendidos en lo que es el punto, así que nos podemos olvidar de ellos sin ninguna culpa.

  1. Ahora viene lo grave. ¿Cómo se divide éste 1.33% de lectores? Porque no crean que esta ínfima minoría bibliófila es un grupo homogéneo que pueda representar alguna esperanza para el país.

De estos ciento treinta mil personas, el 60% dijo que, el libro que leyó era El Libro Vaquero.

El 25%, El Libro de la Selva, versión Disney. De éstos, el 50% lo “leyó” en audiolibro.

El 13% leyó Quihúbole con mis partes nobles, de Gabi Vargas y Yordi Rosado, porque se los dejaron de tarea en la secundaria.

El 1% leyó La silla del Águila, de Enrique Krauze (sic).

El 1% restante se reparte entre El Alquimista y La picardía mexicana.

Según otra encuesta de la misma agencia, cada mexicano ha visto un promedio de 825 000.24 horas de televisión antes de cumplir los tres años de edad.

Y éramos tantos, cuando parió la abuela

Por si la arrastrada televisiva no hubiera sido suficiente, llegó Internet. Y luego, el acabose: la internet y la televisión estarán unidos para siempre. Sayonara a los libros. Kaput definitivo.

¿Y entonces? ¿Qué onda con la reflexión personal y colectiva? ¿ De plano a nadie le interesa? ¿No es necesaria ya? ¿El fin de la historia llegó ya, y llegó bailando el cha cha chá?

No, esta reflexión profunda, esta búsqueda perenne por develar el misterio de nuestro ser, continuará. Pero en formas más accesibles para la perrada, y más comercializables.

El Doctor Niurko Osorio, filósofo moderno, defensor a ultranza de los medios masivos y sus programaciones, hace estas reflexiones en su libro La TV, ese ente con antena (ahora de texto obligatorio en las escuelas de Comunicación:

Una sola emisión de Big Brother nos enseña más acerca de la idiosincrasia nacional que el Laberinto de la Soledad.

Una sola emisión de Tercer Grado nos dice más de la naturaleza humana que todo lo que dijeron Sócrates, Platón y Descartes.

Hegel, Marx y Jean Paul Sartre se la pelan a Sergio Sarmiento y Aguilar Camín.

Los libros y la lectura son cosa del pasado. Para que tuvieran alguna oportunidad de competir, tendrían que venir en formatos más compatibles con los gustos y tendencias actuales, y traer accesorios divertidos (o sea, como el Kindle o el IPad pero en más chidos).

Tendrían que traer comerciales. Los libros difíciles, de más de veinte páginas, tendrían que ser condensados en versiones light, con lenguaje sencillo y accesible. Si pudiéramos leer En busca del tiempo perdido (una breve sinopsis con los eventos más relevantes y con monitos) en el trayecto de la casa a la chamba, no perderíamos tanto tiempo y nos podríamos dar nuestro tacote, platicando con el compadre o la comadre del mamotreto de Proust, mientras jugamos dominó o vemos la comedia.

Si la obra poética de Paz viniera acompañada de un casete de la música romántica de Raúl di Blasio, chance y tuviera alguna oportunidad de competir con los cedés de chistes de Polo Polo. Terra Nostra, de Fuentes, en formato de X-Box, quizás podría despertar en nuestros niños algún interés.

En fin, sintetizando todo este choro, citemos al gran pensador, Don Ínclito Mendoza, expendedor de billetes de lotería, que respondió esto cuando fue encuestado para conocer sus hábitos de lectura:

“Para qué leo el libro. Mejor me espero a que hagan la película”.